satanas comete mis calzones!!!!!!!

jueves, 12 de julio de 2007


A LOS 16 MINUTOS DEL SEGUNDO TIEMPO, MESSI MARAVILLO A TODO EL MUNDO
Un gol para cerrar el estadio
Un mexicano capaz de mirar fútbol y devorar papas fritas de una sola vez no pudo frenar ni la mano izquierda ni la mano derecha y casi aplaudió. Un venezolano que en el medio de la noche completaba el curso de aprendizaje veloz sobre fútbol que desarrolló en la Copa América también aplaudió. Una mujer de ojos inacabables suspiró larguísimo y, desde luego, aplaudió. Lionel Messi no escuchó ninguno de los aplausos que germinaban en unos cuantos rincones del estadio ni tampoco los que muchos, tratando de aflojar las tensiones de un partido para las tensiones, le mandaron desde varios rincones del mundo. Sólo corrió y festejó. Acababa de hacer lo que rara vez ocurre en una cancha, en medio de los rigores de lo profesional. Acababa de construir lo que las semifinales de los grandes torneos no suelen permitir. Acababa de poner sobre un césped reluciente a todos los potreros del planeta, a todas las historias de buenas picardías de las canchas, a todas las chispas que pueden encenderse en un botín que alumbra. Acababa de hacer ese gol. Ese gol. Iban 16 minutos de un segundo tiempo en el que nada que tuviera con los números estaba cerca de estar cerrado. Porque México había jugado un primer tiempo que justificaba cada antecedente que lo reivindicaba como rival duro. Porque un pelotazo en el palo había bañado de temores de fútbol a cada argentino que quería sonreír en el estadio Cachamay. Porque, al cabo, ganar 1 a 0 no asegura todos los destinos de victoria. Porque hacía falta ese gol, ese enorme gol, para terminar de empujar del mejor modo a la Selección Argentina hacia la final de la Copa América. Ese gol. El gol que empezó Gabriel Heinze, en una noche que no querrá ni podrá borrar de su historia, con un pelotazo cruzado, desde la izquierda hacia el medio, más módico que otros pelotazos perdidos de Heinze. La pelota apareció en el centro del ataque argentino, estampada en el cuerpo de Carlos Tevez, capaz de acolchonar cada cosa que le tiran. Tevez es Tevez y por eso alzó la frente, abrió los ojos, y le indicó a la pelota que fuera hacia el mejor lugar posible, el más profundo. El de Messi. Y entonces, Messi. Messi, que ya había hecho de ilusionista o de Chaplin en el final del primer tiempo dibujando un caño desde no hay manera de que sea posible, un caño desde el piso. Messi, que la recibió en un área grande de la que se volvía señor y dueño, que vio sin mirar, que enfundó la pelota en el mejor hueco de su zurda, que citó en un segundo a todos los duendes. Y que pateó. Puso la pelota por sobre la salida de un arquero de momento notable como Oswaldo Sánchez, en una definición tan exacta que cuesta creer que haya sido cierta. La pelota subió lo justo, bajó lo perfecto y entró hecha una fantasía. La red se movió un poquito, como repartiendo caricias en medio de la noche húmeda de Puerto Ordaz. Y todo terminó. Es incompleto contar que lo abrazaron sus compañeros. Lo abrazaron desde cerca todos los que se conmovían en el estadio y desde lejos todos los que se conmueven con el fútbol. "Messi, Messi", gritó la gente. Gritó la gente y la pelota también.


No hay comentarios: